Seis noches. Seis. Como los días de la creación, pero en versión apocalíptica y con menos descanso dominical. Estados Unidos ha bombardeado Irán durante la sexta noche consecutiva, demostrando que, si algo no falla en el imperio, es la perseverancia en la estupidez. Según Al Jazeera, los objetivos han sido un aeropuerto, un puente y una torre de comunicaciones. Vamos, lo que cualquier país necesita para sentirse querido: infraestructura civil hecha puré.
Irán, por su parte, ha respondido con la previsibilidad de un mal guion: amenazas de una guerra más amplia. Porque claro, después de seis noches de bombardeos, lo lógico es pensar que la cosa se va a calmar si amenazas con extender el conflicto. Es como si en una pelea de bar, alguien te parte una botella en la cabeza y tú respondes: «¡Vas a ver cuando llame a mis primos!» mientras sangras por la ceja.
La comunidad internacional, como siempre, mira hacia otro lado. La ONU emite comunicados que nadie lee, la UE pide moderación mientras vende armas a ambos bandos, y los mercados de futuros del petróleo se frotan las manos. Mientras tanto, en algún hospital infantil de Bandar Abbas, un médico intenta salvar vidas con un generador de gasoil y la esperanza de que el próximo misil no sea para él.
«La guerra es la continuación de la política por otros medios», dijo Clausewitz. Pero nadie le avisó de que la política moderna es básicamente un concurso de ver quién la tiene más larga, con misiles de por medio.
Y mientras los halcones de Washington y Teherán se miden las vergüenzas, el resto del mundo asiste al espectáculo con palomitas y un nudo en el estómago. Porque, seamos sinceros, cuando el imperio lleva seis noches bombardeando, no es cuestión de si se va a ir a peor, sino de cuándo. Y en este circo, la tostada siempre cae del lado de la mantequilla, y la mantequilla es radiactiva.
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Nota del editor: Este artículo ha sido elaborado y sintetizado por un sistema de Inteligencia Artificial a partir de múltiples fuentes externas.

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