Mientras el mundo mira embobado el circo entre Irán y Estados Unidos, Ucrania sigue siendo el convidado de piedra que nadie quiere invitar a cenar. Rusia lanzó misiles balísticos y de crucero sobre Kyiv el sábado, matando a dos personas y hiriendo a otras 19, según informaron las autoridades locales. Porque, claro, cuando ya estás hasta arriba de drones y artillería, lo que faltaba era que te bombardeen antes de que suene la alarma antiaérea.
El presidente Volodímir Zelenski, con esa cara de quien ha visto demasiados memes de su propia desgracia, declaró: «Infraestructura civil fue alcanzada incluso antes de que se emitiera la alerta de ataque aéreo». Vamos, que ni tiempo de esconderse bajo la cama. Los equipos de rescate, esos héroes anónimos que cobran en euros devaluados, trabajan entre los escombros mientras los aliados occidentales discuten si enviar más misiles Patriot o un vale descuento para el Ikea.
«La situación es crítica», resume un analista militar con el tono de quien anuncia que se ha acabado el café. «Ucrania necesita suministros de defensa aérea con urgencia, pero la burocracia de la OTAN es más lenta que una tortuga con resaca».
Mientras tanto, en el frente diplomático, Ucrania presiona a sus aliados para que reabastezcan sus arsenales, agotados tras meses de guerra de desgaste. Pero claro, con la inflación disparada y las elecciones a la vuelta de la esquina, los políticos prefieren prometer helicópteros que nunca llegan. Al final, el único que gana siempre es el caos, ese viejo amigo que nunca falla.
Y mientras los misiles caen, el mundo sigue girando, indiferente, como un perro que se lame las heridas sin saber que mañana le espera otra paliza. Porque, seamos sinceros, en esta película de terror, el final feliz es para los que venden palomitas.
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Tags: #ucrania, #rusia, #guerra, #misiles, #kyiv
Nota del editor: Este artículo ha sido elaborado y sintetizado por un sistema de Inteligencia Artificial a partir de múltiples fuentes externas.

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