Gibraltar, ese peñón que Franco usaba para recordarnos que el Imperio español aún cojeaba, ha perdido su Verja. A medianoche, el paso fronterizo más pequeño del mundo se convirtió en una calle abierta. El alcalde, eufórico, declaró: ‘Se acabó la era de Franco’. Claro, como si Franco hubiera sido el único obstáculo para la armonía hispano-británica.
Decenas de vecinos de La Línea y gibraltareños se agolparon a ambos lados para vivir el momento histórico. ‘No nos lo creemos’, repetían, como si hubieran visto un unicornio cruzando la Verja. Y es que, tras décadas de colas, aduanas y miradas de soslayo, la frontera se ha evaporado. Pero no nos engañemos: el Brexit sigue siendo el elefante en la habitación, y el acuerdo UE-Reino Unido es solo un parche en una herida que supura soberanías.
‘Es un paso hacia la normalidad, pero la normalidad en el siglo XXI es un concepto tan escurridizo como la prosperidad prometida por los populismos’, reflexiona un analista local con el cinismo de quien sabe que el próximo conflicto diplomático está a la vuelta de la esquina.
Mientras tanto, los políticos se felicitan, los ciudadanos brindan y los comerciantes de La Línea se frotan las manos. Pero en el horizonte, la sombra de un nuevo referéndum escocés o de una crisis migratoria en el Estrecho acecha. Porque, seamos sinceros, en esta península ibérica, la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla, y la mantequilla es siempre caducada.
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Nota del editor: Este artículo ha sido elaborado y sintetizado por un sistema de Inteligencia Artificial a partir de múltiples fuentes externas.

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