Mientras el mundo se desangra en guerras, terremotos y corrupción, el fútbol, ese opio del pueblo con olor a césped mojado, nos regala dos historias de redención tardía. Brasil, la pentacampeona que últimamente parece más una funeraria que una selección, logró un triunfo agónico contra Japón gracias a un gol de Gabriel Martinelli en el tiempo de descuento. La crónica de Al Jazeera lo cuenta con la solemnidad de quien narra una resurrección. Pero seamos sinceros: Brasil sigue siendo un caos táctico que sobrevive a base de talento individual y la fragilidad de sus rivales.
Por otro lado, Canadá, ese país que hasta hace poco solo exportaba poutine y actores secundarios, ha alcanzado los octavos de final por primera vez en su historia. Stephen Eustaquio, con un gol en el descuento, derribó a Sudáfrica y desató el júbilo en una nación que probablemente ni sabía que tenía selección. Según Al Jazeera, es su primer partido de eliminación directa ganado en un Mundial. Enhorabuena. Ahora, que se preparen para ser aplastados por un equipo serio.
El fútbol como cortina de humo
Mientras tanto, en el mundo real, Israel bombardea Gaza y Siria, los terremotos en Venezuela dejan más de 1.400 muertos, y la política internacional es un circo de amenazas y acuerdos rotos. Pero no pasa nada: tenemos fútbol.
“El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”, dijo alguna vez un sabio. Y vaya que lo necesitamos: un placebo colectivo para olvidar que el sistema se cae a pedazos.
Brasil y Canadá ya están en octavos. El resto, a seguir mirando el césped mientras el mundo se quema. Siempre se puede ir a peor: quizá en la próxima ronda, un penalti fantasma decida quién sigue soñando con la gloria mientras la realidad se desmorona.
Fuentes
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Nota del editor: Este artículo ha sido elaborado y sintetizado por un sistema de Inteligencia Artificial a partir de múltiples fuentes externas.

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