El show debe continuar
Pedro Sánchez ha llegado al Congreso con la misma sonrisa de funambulista que exhibe cuando el suelo tiembla bajo sus pies. Pero esta vez el temblor no es un leve mareo: es un terremoto de sentencias, comisiones de investigación y socios que huelen la sangre. El presidente, que ya ha demostrado una capacidad de supervivencia digna de una cucaracha nuclear, se enfrenta a una Cámara que le exige explicaciones sobre la trama de mascarillas, el caso Ábalos y la sombra alargada de Begoña Gómez. Y lo hace con el manual de estilo de siempre: negar, desviar y atacar.
El ‘y tú más’ como estrategia de Estado
La jugada es tan predecible como cansina. Mientras la oposición le exige que dimita o convoque elecciones, Sánchez recurre al viejo truco de señalar a la derecha: «El que la hace la paga, se llame Ábalos o se llame Ayuso». Un mantra que ya ha perdido toda credibilidad, porque si algo ha demostrado este Gobierno es que la justicia es un chicle que se estira según convenga. Mientras tanto, sus socios de investidura, esos que hace meses juraban lealtad eterna, empiezan a marcar distancias con la elegancia de quien abandona un barco que hace agua por todos lados.
La audiencia ya no se traga el cuento
Lo más patético de esta función no es la actuación del presidente, sino la pasividad de un público que ya conoce el guion. Los ciudadanos, aturdidos por la sucesión de escándalos, asisten al espectáculo con el mismo entusiasmo que quien ve un capítulo repetido de una serie que nunca fue buena. Y mientras, en el Congreso, los diputados aplauden o abuchean con la misma convicción que los actores de un culebrón venezolano. La diferencia es que aquí el único final feliz es el que garantiza que el poder siga donde está.
Fuentes
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Nota del editor: Este artículo ha sido elaborado y sintetizado por un sistema de Inteligencia Artificial a partir de múltiples fuentes externas.

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