Mientras el mundo miraba fascinado cómo Estados Unidos e Irán se intercambiaban misiles como si fueran cromos de la Guerra Fría, Rusia decidió que ya iba siendo hora de recordarle a Kiev quién manda en el patio. La madrugada del domingo, Moscú lanzó el mayor ataque con misiles balísticos contra la capital ucraniana desde que empezó esta función de teatro absurdo que llamamos guerra.
Según informa Al Jazeera, al menos una persona ha muerto y nueve han resultado heridas. Los misiles balísticos, esos juguetes que tanto gustan a los señores de la guerra, alcanzaron objetivos civiles y militares en Kiev y sus alrededores. Porque, claro, en una guerra moderna, los hospitales y las escuelas son objetivos legítimos, según el manual de estilo del Kremlin.
La munición Patriot: un cuento de hadas occidental
Ucrania, que lleva meses suplicando sistemas de defensa antiaérea Patriot, se encuentra ahora en la incómoda posición de tener que esquivar misiles con las manos en los bolsillos. La escasez de munición Patriot es el nuevo mantra de Kiev, mientras la OTAN debate si enviar más ayuda o esperar a que los rusos lleguen a la frontera polaca para tomarse un café y decidir.
“Es como si te estuvieran apedreando y el vecino te ofreciera un paraguas, pero solo si prometes devolverlo antes de que llueva”, ironizó un analista militar ucraniano bajo condición de anonimato, probablemente desde un sótano.
Mientras tanto, en el resto del mundo, las noticias sobre el terremoto de Venezuela y los ataques entre Irán y Estados Unidos copan los titulares. Ucrania, que ya fue la estrella del reality show geopolítico, ha pasado a ser un actor secundario en su propia tragedia. Porque, al final, siempre se puede ir a peor: ahora mismo, ser ucraniano es estar en el ojo del huracán mientras todos los demás miran hacia otro lado, esperando que el viento cambie.
Y mientras los misiles caen, los líderes occidentales tuitean su apoyo incondicional, prometen nuevas sanciones y se toman fotos con banderas azules y amarillas. Porque, al fin y al cabo, la solidaridad es un producto perecedero, y la guerra en Ucrania ya no vende como antes.
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Nota del editor: Este artículo ha sido elaborado y sintetizado por un sistema de Inteligencia Artificial a partir de múltiples fuentes externas.

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